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Central Agencia México

Del desabasto a la crisis y de la crisis a las mentiras.

por José Carlos Astiazarán

Claramente la Presidencia de la República encontró la fórmula. Sucedió en los primeros días del 2019 con un desabasto de gasolina que afectó a todo el país y que sirvió, para unos, como confirmación del error que cometió el electorado al entregar el poder a una dudosa cuarta transformación y para otros como la semilla de una enorme duda: ¿la habremos regado?

Pero si hay algo que el presidente López Obrador sabe hacer como ningún otro es manejar a su pueblo. Lo arenga y lo calma, con resultados dignos del más exitoso seguidor del método Stanislavski. Y así fue. La calma vino con la explicación. Al pueblo bueno ya no le importó el desabasto o la falta de planeación porque el fin último era más grande que cualquier incremento que se podría dar al consumo por el desbasto: El gobierno de México, ¡vaya!, estaba haciéndose cargo del robo de energéticos. La palabra «huachicol» y sus derivados aparecieron en todos los medios, en todos los diálogos políticos, en todas las sobremesas, en todos los viajes de Uber o de taxi. La solución a la crisis de desabasto no fue real, fue manejada como un espejismo; pero el impacto en la credibilidad sí que fue real y la popularidad del mandatario y su 4T se dispararon al cielo más arriba de lo que Vicente Fox jamás hubiera soñado en su primer día como presidente. La magia estaba hecha: percepción = realidad. No importa la realidad en la que viva la gente, mientras su percepción de esta realidad, real o no, sea positiva, los números no importan.

Surgen entonces una nueva serie de preguntas. ¿Hasta cuándo la gente se sigue sintiendo bien con la promesa? ¿Cuánto tiempo se puede esperar «un milagro» a base de placebos? ¿En qué momento se institucionaliza la esperanza atrapando a la gente en ella a perpetuidad? Preguntas muy dramáticas pero que cobran una relevancia impactante si se analizan a luz de algún contexto específico. ¿Hasta cuándo la gente se sigue sintiendo bien con la promesa? Habría que preguntarle a las religiones institucionalizadas, o a cualquier régimen comunista, o intento de. ¿Cuánto tiempo se puede esperar «un milagro» a base de placebos? Habría que preguntarle a quienes depositan su fe en el «trabajo» de su chamán personal, de una bruja, de su carta astral o incluso de un médico sin obtener una «cura», una solución al problema que urge resolver. ¿En qué momento se institucionaliza la esperanza atrapando a la gente en ella a perpetuidad? Habría que preguntarle a los hermanos cubanos o venezolanos quienes a base de costumbre usaron su propia libertad para aceptar a la imposición de la institución sobre esa misma libertad, a los ya poquísimos sobrevivientes de la Alemania Nazi que protegidos en la fe ciega a la institución nunca vieron lo que estaba sucediendo a su alrededor, o a los bolcheviques que en su afán de restaurar un sueño social primero tuvieron que tirar al traste a la misma sociedad refugiados en ideas institucionales carentes de toda humanidad.

La cosa es que hoy en México no tenemos un líder religioso, ni un chamán, ni una bruja, ni un führer en el poder. Tenemos un presidente en quien la gente depositó, otra vez – porque a muchos ya se les olvidó el año 2000 -, toda su confianza para arreglar el país que avanza tres pasitos y se echa dos para atrás. Pero las cosas no marchan bien. Son indiscutibles los gravísimos problemas de seguridad, de presupuesto, de energía, de medio ambiente y de carácter social que van mucho más allá de la limosna, el clientelismo y el insostenible asistencialismo que vuelve inútiles a las masas. Sí, claramente hay que combatir la corrupción. Sí, claramente los gobiernos anteriores estuvieron llenos de escándalos, desatinos, transas… Sí. Pero no se puede vivir a perpetuidad culpando al pasado, sobre todo si de esas culpas no se deriva ningún tipo de consecuencia para los supuestos responsables. Cuando López Obrador y su planilla iniciaron su campaña política, hace casi treinta años, sabían perfectamente a lo que se iban a enfrentar, ¡caray lo denunciaban a gritos en cada foro y a cada oportunidad que se presentara! Y ahora que están con una posibilidad real de empujar el cambio que tanto predicaron resulta que es una sorpresa «el cochinero que nos dejaron».

Hoy la historia, que en este sexenio avanza a velocidades warp, se repite otra vez. De las protestas de médicos, pacientes, empleados y la denuncia/renuncia del grisáceo titular del IMSS, Germán Martínez, se evidencia la nueva crisis, que no es más que una réplica del problemón de la gasolina, pero con consecuencias mucho más graves: no hay medicamentos. Y, como a principios del año, el presidente se contradice y se patea a sí mismo según de donde siente el ataque y primero dijo que no había desabasto, que es un ataque mediático, luego cambió a que los directores de los institutos están mal informados, después que sí hay desabasto pero que antes estaba peor… Cómo me acuerdo, por cierto, con esto del López Obrador de 2003 que a su paso por la jefatura del gobierno del entonces Distrito Federal y en referencia a las inundaciones en varias de las avenidas más trascendentes para la ciudad se molestó con la prensa por llamarles así: ¿Cuáles inundaciones? Son encharcamientos. Supongo que el calificativo no le hizo gracia a los más de 150,000 ciudadanos que se quedaron varados en el tráfico más de ocho horas o a quienes, de plano, sufrieron pérdida total de sus vehículos por los casi tres metros de agua que «encharcaron» el Periférico o el Viaducto.

En fin. Mafia del poder, corrupción, huachicoleo o encharcamientos… No importa la realidad sino cómo la percibe la gente. Ya sabemos lo que seguirá. La cosa es ¿Hasta cuándo cambiará nuestra percepción?

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